LA HERRADURA / Mario Peralta
LA HERRADURA
©Mario Peralta
Tokio, Junio/2020
La Herradura... así se llamaba la estación de peaje hacia la que encaminaba mis pasos en las madrugadas; lloviera o tronara, hubiera balaceras o reinara el silencio, hiciera calor o hubiera fresca neblina.
Haber conseguido la plaza de jornalero había sido un logro importante en la lucha por sobrevivir en un país en eterna crisis. Eran los años 80, al inicio del recrudecimiento de un conflicto bélico interno que iba a durar más de una década.
Hacía el recorrido desde mi casa cerca del Cuartel de Infantería «San Carlos» hasta la estación de peaje de Los Planes de Renderos, generalmente a pie. Me tomaba una hora a paso redoblado y tenía que andar alerta ante los previstos e imprevistos; lentos y tenebrosos patrullajes de camionetas militares Cherokee con los vidrios polarizados, batallones de soldados trotando en las calles mientras gritaban consignas contra el enemigo insurgente, vendedores en sus bicicletas repartiendo las bolsas de pan de casa en casa, canillitas aventando los periódicos por debajo de las puertas de sus clientes, cargadores de bultos con sus carretones en la periferia del Mercado Central, zumbeteros consuetudinarios echándose su primer zangolote del nuevo día, mariachis cantando rancheras a los infaltables bohemios... cruzando calles, doblando esquinas, y subiendo pendientes, siempre «ojo al Cristo», hasta llegar a ver la corona de niebla de los cerros y los faroles encendidos de la estación de Los Planes, por donde desde la madrugada transitaban enormes camiones tráiler atiborrados de montañas de caña de azúcar tronchada, tanto así que de curva en curva se les deslizaba su carga para luego convertirse en bagazo apelmazado por el peso de las llantas en el pavimento, impregnando el aire de un tufo a combustible quemado y azúcar.
Llegar a Los Planes era iniciar la segunda fase de mi recorrido. Allí los madrugadores recaudadores de impuestos hacían el favor de conseguirnos un jalón o aventón con alguien que fuera hacia Comalapa o hacia Zacatecoluca. Eso dependía de nuestra suerte y de la buena voluntad de los usuarios de la autopista; transportistas, pilotos fumigadores, agrónomos, agricultores, en fin, todo aquel que circulara en un vehículo de al menos cuatro ruedas y que pudiera y quisiera llevarnos. A veces me tocaba ir de pie en la cama de un camión o acurrucado detrás de la cabina de un pick-up y raras veces sentado cómodamente en un asiento en la cabina del coche.
El viaje podía durar otros cuarenta y cinco minutos, dependiendo de la velocidad a que se desplazara el vehículo y por supuesto de la intrepidez del conductor. En la autopista los motoristas “le metían la pata” a los coches y casi volaban.
A las 6:30 de la mañana, el aire soplaba fresco en Los Planes, pero a medida que la autopista bajaba serpenteando por Santo Tomás, Olocuilta, Comalapa y La Herradura, el aire se iba tornando más cálido y denso. Ver los rayos del sol tomando posesión de las montañas y los valles era algo digno de disfrutarse diariamente, la luz atravesaba la neblina y la obligaba a descender y disiparse, mientras yo daba rienda suelta a la imaginación para pensar en un futuro más esperanzador o para simplemente quedarme divagando en un mar de sensaciones...
Cuando había oportunidad de hablar con los conductores, pues había que hablar... más bien gritar por el zumbido del viento; de cualquier tema, aunque claro, era mejor no tocar el tema de la política. Hablar a favor de un bando o de otro era muy peligroso y «la vida no es cola de garrobo» como alguien solía decir; podía ocurrir cualquier “accidente” y después nadie vio, nadie oyó ni dijo nada, a la usanza de los tres monos dizque sabios. Una práctica típica por décadas.
Al divisar el paso a desnivel cercano a la estación de Comalapa, ya sentía que llegaba a mi destino. Diez o quince minutos después saltaba del vehículo y agradecía efusivamente el favorazo del transporte al conductor. Llegaba a la estación de La Herradura energizado, saludando a los recaudadores y los agentes de Aduanas que custodiaban las casetas y las oficinas. Abría mi pequeño maletín, sacaba mi camiseta de trabajo y luego a ver con qué iniciábamos las ocho horas de labores, para que pasara rápido el tiempo, aunque allí se tornaba lento y pesado.
Ese día... no era igual a los anteriores. Alguien podría decir, ningún día es igual al anterior... claro, pero ese día... yo tenía una preocupación mayor que ganarme el sustento. Allá en mi casa, había quedado mi abuela en cama. Yacía en su lecho, en la penumbra, con su vientre inflamado, entre quejidos, con su cuerpo cansado y débil. El día anterior, siguiendo las indicaciones médicas, yo le había puesto una inyección intramuscular para calmar sus dolores. Antes de introducir la aguja en su piel arrugada, besé sus manos como pidiéndole perdón por agregar una punzada más a sus padecimientos, pero a la vez deseando que la inyección pudiera ayudarle aunque fuera un poco en esos momentos tan duros.
Ese día, allá en La Herradura hacía un calor de los demonios —la playa no estaba en frente, pero como si lo estuviera—, y habían espasmos de silencio que se rompían con el estridor de las cigarras en los árboles que circundaban la estación de peaje.
Las oficinas de la estación; una arriba y otra abajo, correspondían a las dos orejas en las que se bifurcaba la autopista, para dar entrada y salida a la calle vieja. De lunes a viernes, el movimiento vehicular era escaso en esos desvíos, no así los fines de semana en los que se veía desfilar Land Rovers y Toyotas 4x4 llevando remolques lancheros o motos playeras de familias pudientes que tenían sus ranchos a lo largo de la Costa del Sol. En ese país, "chupar" e ir a la playa era lo más apetecido en todos los estratos sociales.
En la estación, en lugar de haber máquinas despachadoras de boletos como en los Estados Unidos, el Gobierno había decidido que el procedimiento de cobro fuera manual, así que un recaudador tenía doble función: por un lado de la caseta, se encargaba de marcar los tiquetes de entrada y entregarlos al usuario, mientras que del otro lado de la misma caseta cobraba y sellaba los tiquetes de salida a otro usuario. Si había tráfico, obviamente habría cola de espera y los insultos no se harían esperar. La gente exudaba violencia. Eran tiempos en los que todavía se concebía al Gobierno como generador de empleo y eso aliviaba las carencias de al menos un buen grupo de afortunados ––entre los cuales me encontraba yo, a esas fechas “jornalero” con funciones de ordenanza––. “Bendito sea dios” había dicho mi abuela, cuando supo que yo había conseguido ese trabajo un par de meses antes, gracias a los buenos oficios de una querida tía.
¡Hacer limpieza!… pues sí, en esas oficinas en medio de la nada, había que hacer limpieza. No había muchos muebles que mover; un escritorio y un archivo metálicos, dos sillas giratorias, una mesita auxiliar y la máquina de escribir para hacer los reportes de entrega y cobro de tiquetes, unos armarios o «lockers» para guardar las pertenencias de los recaudadores, un par de camas metálicas portátiles en los cuartuchos anexos y los servicios sanitarios. Para hacer la limpieza había que acarrear agua de un pozo aledaño; pero el agua era caliza o azufrada, entre blancuzca y amarillenta, a veces rojiza. ¡Qué limpieza se podía hacer con eso!…
El sudor me escurría a chorros, sobre todo después de pasar la escoba en el piso lechoso de ambas oficinas, trapearlos con agua sucia y limpiar los inodoros apestosos con costra de caca. Cuando comencé a trabajar en ese lugar, me llamó la atención un rótulo que el supervisor de la estación había puesto por orden del jefe del departamento en la pared de los servicios y el cual decía:
Honestamente, al principio me pareció una exageración de la jefatura, pero solamente al principio… después me di cuenta, que era cierto. Mis compañeros de trabajo no se caracterizaban por practicar normas elementales de convivencia social, sus orígenes eran diversos, y algunos procedían de cantones lejanos en donde era sabido que si tenían una letrina, eran afortunados.
Uno de tantos días, pude ver a un recaudador que estaba enfurecido por un reclamo que el supervisor le había hecho, y habiéndose guardado la cólera hasta después de que aquel se hubiera marchado, la emprendió a patadas contra el archivo metálico. Otro compañero lo llamó a la calma, pero la respuesta fue: “¿Y que esto no es del Gobierno pues?”… Entendí que lo que era del Gobierno no era nuestro y por tanto, no importaba conservarlo bien.
Al terminar la limpieza, ya era mediodía. Ese día no llevaba mi bolsa con panes rellenos que solía hacerme mi abuela con tanto cuidado, así que cuando fui a hacer los encargos de los almuerzos de los recaudadores, aproveché para comprar el mío.
A menos de un kilómetro de la estación, yendo por calle vieja, había un rancho pajizo. Allí había una señora que vendía almuerzos a precio módico; estábamos en medio del campo y lo común era comida campesina, prácticamente lo que pudiera conseguirse en ese despoblado: casamiento, ejotes, tortillas y de vez en cuando pedazos de pollo, y para beber algo que me pareció exótico y que se llamaba chinchibí. Este chinchibí era una bebida fermentada de jengibre, pero a mí me daba la impresión de que a la señora o quien fuera que la preparara, se le pasaba la mano en la fermentación, y yo le sentía sabor a chicha, o sea una bebida alcohólica ligera, de sabor dulce. Nos la vendía como refresco en bolsa plástica a modo de charamusca. A mis compañeros les gustaba.
Cuando regresaba con los almuerzos y bebidas para mis compañeros y para mí, a un lado de la carretera, estaba una mujer con un gran canasto de pan dulce. Obviamente era vendedora y llevaba pan ordinario, grueso, con miel de panela y azúcar de colores, de formas variadas: torta seca, peperechas, ilusiones, trompos, etc. Incluso, me pareció que llevaba cemita de esa que mi padre llamaba “amansalocos”, de esa que una mordida bastaba para quedarse quieto masticándola un buen rato, con dificultad de tragarla, a menos que se la acompañara de un vaso de agua para que deslizara al estómago aquel bolo alimenticio y sosegador.
Cuando vi a la vendedora con su gran canasto de pan, se me alegraron los ojos porque sinceramente deliro por el pan dulce, la mujer me sonrió amablemente y me dijo:
— ¡Buenas tardes! Ya va con el almuerzo… aquí le llevo pan dulce ¿de cuál va a querer?
— ¡Vamos a ver! — le dije. Y echando miradas dentro del canasto... me decidí al fin por la cemita “amansalocos”.
— ¿Verdad que le gusta el pan dulce?…— me dijo sonriéndome y metiendo el pan en una bolsa de papel. Me eché una carcajada, como asintiéndole que había dado en el clavo, le pagué el pan, nos despedimos y seguí caminando. No sé que me dio, que volteé la cabeza habiendo dado solo unos cinco pasos adelante y… ¡ya no estaba!… No había una casa cerca, solo zacate de baja altura, tampoco había visto pasar ningún autobús o pick-up. Me quedé extrañado. Miré hacia el cielo… estaba nublado, gris… como si fuera a llover, pero el silencio inundaba todo. Me fui pensativo hacia la estación.
Al llegar a la estación, todo parecía normal, Repartí los almuerzos, me comí el mío y luego seguí con mis labores. Al dar las cuatro, fui a una de las casetas a esperar que un alma caritativa me diera el aventón hacia la ciudad.
Luego de hacer transbordos de aventón en aventón llegué a la capital. Ya eran pasadas las 6:00 p.m., toqué la puerta, me abrió una señora amiga de la familia, dijo mi nombre, guardó silencio, me miró y me abrazó. Comprendí que algo feo había ocurrido. La sala estaba a oscuras, en el comedor solo iluminaba un foco amarillo de luz tenue y al fondo a la derecha, estaba el cuarto de mi abuela… estaba oscuro.
Mi tía estaba sentada en un sillón a un lado de la puerta del cuarto de mi abuela, reflejaba una profunda tristeza en su rostro, me miró y con voz entrecortada me dijo:
—¡Se nos fue... mi mamá!… — miré hacia dentro del cuarto y su cuerpo estaba cubierto con la misma sábana, me desplomé en una silla, y sentí como si tenía calentura. Le pregunté:
— ¿A qué hora fue?
— A mediodía hijo ... –– no pude menos que recordar a la vendedora de pan en la carretera y su sonrisa amable, más bien tierna…
En la habitación contigua estaba mi venerable abuelo, un anciano que solía ser de "hierro”, ahora estaba abatido y clamaba al cielo:
–¿Por qué te fuiste?… ¿por qué ella y no yo?… ¿por qué?”… –preguntas para las cuales nadie tenía respuestas, solo desasosiego.
Las noches y los días subsiguientes fueron amargos, de repente escuchaba su voz llamándome por mi nombre, sentía escalofríos y me quedaba lloroso recordándola. Poco a poco todos fuimos aceptando que ya no estaría físicamente con nosotros, pero su presencia nunca se iba a desprender de nuestra memoria.
Requiescat in pace.
©Mario Peralta
Tokio, Junio 2020
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